DETALLES

Mi tío favorito


Texto íntegro
:

-Nada –dijo alargando exageradamente la última sílaba-. Aquí habría que hacer como en el oeste: al que se le pilla robando o incumpliendo la ley se le cuelga de un árbol y se acabó. Veríais cómo no habría tantos desmanes.
-Tú serías un buen sheriff –dio el tío Pedro echándose a reír.
-Pues sí –repuso el tío Florentino muy serio-. Lo sería.

Lo miré de arriba abajo mientras bebía un nuevo sorbo de su copa de coñac y aspiraba una profunda bocanada de su farias. Y anhelé que los demás callaran para que él siguiera hablando, para que continuara diciendo aquellas cosas que a mí me gustaban tanto. Y, como si oyera mis pensamientos, contó, un día más, la vez en que un tal Etxezarreta, un fontanero compañero de cacerías, le tocó la cara y él, encañonándole con la escopeta le advirtió: “¡Te perdono la vida porque eres mi mejor amigo, pero que sea la última vez que haces eso!”.

-¿Y sólo por tocarte la cara te pones así? –preguntó, un día más, mi padre-. ¡Pues anda que no eres tú sensible ni nada!
-Un hombre puede consentir muchas cosas, pero nunca que le toquen la cara.

Yo esculpí en mis adentros aquellas palabras solemnes. Y es que, a mis diez años, adoraba al tío Florentino. Me parecía el hombre ideal: alto, fibroso, echado para adelante,…. Dicen que a esa edad todos los niños quieren parecerse a su padre, pero yo no. Yo quería parecerme a mi tío favorito. No quería ser un funcionario aburrido como mi padre; ni un empleado de banca, pálido y blando como el tío Pedro. Quería ser como el tío Florentino: un oficial enchapador de primera -como él solía corregir cuando le llamaban albañil-, de lengua ligera y manos de piedra.
Todas las semanas le ocurría algo imprevisto que cada domingo, indefectiblemente, nos hacía saber. Mi madre decía que se daba un aire a Gary Cooper, a lo que mi padre, tal vez un poco celoso, replicaba que más bien le recordaba a don Quijote, pues en todas sus anécdotas siempre aparecía alguien a quien defender desinteresadamente, alguien que elogiaba sus diversas habilidades o alguien que reconocía públicamente su hombría y su humildad. Y yo no sabía muy bien quién era Gary Cooper, pero sí don Quijote de la Mancha, porque lo había estudiado en el colegio, ¡y cómo envidiaba a mis primos por tener uno en casa!
Sin embargo ellos no parecían sentirse orgullosos de ello. Apenas reían las gracias de su padre, ni parecían emocionarse con sus aventuras. Pasados algunos años, en esa edad de los granos, de las incertidumbres y de los porqués, se lo pregunté durante una visita al más pequeño de los dos, que se había roto una pierna haciendo el burro en el Gorbea.

-¿Ideas claras? –me preguntó a su vez el mayor-. ¿Personalidad?

Y ante mi zozobra me llevó al dormitorio matrimonial y me señaló el montón de novelas apiladas junto a la mesilla.

-Ahí están todas sus ideas –dijo.

Tomé una en mis manos. Apretando el gatillo. Marcial Lafuente Estefanía rezaba el nombre del autor. Y en la segunda, y en la tercera, y en la de más abajo.

-Puedo adelantarte cuando quieras lo que mi padre dirá o contará el próximo domingo. Me bastará con ojear la novela que esté leyendo.
-¿Pero…? –farfullé perplejo, ya de vuelta con el convaleciente-. ¿Todo lo que cuenta es mentira?
-No –dijo el mayor-. Por desgracia es verdad. Sólo cambia la versión. Sus peleas son ciertas. Mi madre lava la sangre de sus camisas. Pero esas peleas no se libran en la calle por defender a una señora de un atracador, sino en bares, de madrugada.

En el rato que siguió supe que la mancha de la pared del salón no se debía a la humedad, sino a un plato de vainas estrellado por cometer el pecado de servirse demasiado caliente; y que el moratón en la mejilla de mi tía no era culpa de una ventana mal cerrada.

Camino de casa sentí una enorme pena por don Quijote. Y, en mi interior, le pedí perdón por la comparación.

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