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(Basado en un poema de Iñigo Hernández)
La rutina en el cuarto de baño era la misma cada mañana. Sin embargo, aquel jueves Blas Cencerro no abrió el grifo del lavabo después de orinar y vaciar la cisterna. Se quedó, por el contrario, mirando fijamente al espejo. La expresión de su rostro mudó, paulatinamente, de la curiosidad a la inquietud y de ésta a la preocupación, para acabar en una honda tristeza. Al final de un tiempo desasosegado, alargó los brazos y con manos temblorosas descolgó el espejo.
Lo llevó a la sala y lo sentó a su lado, en el sofá.
-No te preocupes –le dijo-. Todo se arreglará.
Con infinito cuidado lo introdujo en una bolsa de plástico. Después telefoneó a la oficina para decir que iría más tarde, se vistió, se calzó y, cogiendo la gabardina y la bolsa, salió de casa.
Cuando entró en el ambulatorio, un puño de hielo le oprimía el corazón. Tomó el número y se sentó al fondo, entre una mujer que ocupaba dos asientos y un señor pálido de mirada vidriosa. Ajeno a las conversaciones cruzadas, y con la bolsa apretada contra su pecho, aguardó pacientemente hasta que le llegó el turno.
-Buenos días –musitó al pasar.
-Buenos días –respondió la doctora examinando unos papeles-. Siéntese, por favor.
Al cabo de unos segundos, alzó la cabeza hacia él, encontrándolo detrás de la bolsa verde que sostenía sobre las rodillas. Carraspeó.
-Dígame.
-Verá… -comenzó sin saber cómo explicarse-. Lo venía advirtiendo desde hace años, pero pensaba que cualquier día pasaría, por eso lo he ido dejando… hasta ahora. Me he dado cuenta de que no es algo pasajero.
-¿Qué es exactamente lo que viene usted advirtiendo?
Blas suspiró, se encogió de hombros y dijo con humildad:
-Tal vez sea meterme en terrenos que no debo, doctora, pero estoy seguro de que se trata de amnesia.
Ella arqueó una ceja, con gesto irritado.
-¿Amnesia? ¿Y por qué cree que la padece? –tomó un bolígrafo y se dispuso a escribir los síntomas-, ¿qué nota usted?
-No, yo no –se apresuró a aclarar-. Es él –y ante la perplejidad de la doctora, Blas Cencerro recogió ligeramente la bolsa y dejó al descubierto el espejo-. Está muy mal, peor a medida que pasa el tiempo: se le olvida que tengo un cutis terso y una melena negra, larga y ondulada.
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