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La noticia ocupaba unas pocas líneas en la parte inferior de la página local del diario. Al leer su titular, Ángel recordó haberla oído aquel mismo día en la radio del coche, mientras llevaba a su hija al instituto. En ese momento no le había prestado atención, y ahora hubiese pasado la hoja del periódico sin pararse en ella de no ser por la fotografía. Frunció el ceño. Hacía muchos años que no lo veía, pero estaba seguro de que era él; aquella mirada desvalida no había sufrido la metamorfosis del tiempo. Buscó atropelladamente en el texto. “…O. P., de 48 años y vecino de Bilbao, que falta de su domicilio…”.
O. P., bisbiseó Ángel, Oscar Peña… Bebió un sorbo del café que humeaba a su lado y continuó leyendo. “… se halla en tratamiento médico, debido a problemas depresivos…”. Cuando logró recuperar el aliento se levantó, caminó hasta el final de la barra e introdujo una moneda en el teléfono público.
-Ertzaintza, dígame…
-Llamo en relación con el vecino de Bilbao desaparecido hace unos días, Oscar Peña,… le ruego me escuche –pidió sin atender a la solicitud de identificarse-. Busquen en Artxanda, concretamente en Monte Abril. Al lado de la campa que sirve de parking hay dos promontorios, y entre ellos una pequeña cueva. Busquen allí, por favor –la voz del otro lado, en tono imperioso, le exigía facilitar sus datos personales. Ángel se mordió los labios-. Soy un amigo. Simplemente un viejo amigo.
Colgó el auricular. No tuvo fuerzas para moverse. Le faltaba el aire. ¿Por qué no había confesado quién era? ¿Por qué no había ido directamente a la comisaría para, sin más explicaciones, declarar: yo sé con toda seguridad dónde está? Quizás por temor a no equivocarse. Tal vez porque deseaba adormecer de nuevo a los fantasmas que habían comenzado a despabilarse dentro de su alma. Respiró hondo, pagó y abandonó la cafetería. Y con él salieron todos sus fantasmas. Cruzaron a su lado el paso de cebra, montaron con él en el coche y en su compañía se integraron al tráfico de la ciudad. Ángel los sentía subidos a sus hombros, tirados por los asientos, tumbados sobre el salpicadero. Al girar hacia Hurtado de Amézaga, Artxanda apareció frente a sus ojos, teñida por los reflejos rosáceos del atardecer. Entonces los fantasmas comenzaron a alborotarse. Ángel percibió sus repentinos saltos nerviosos. Convulso, giró hacia la estación de Abando y aparcó el vehículo en su parte trasera. Apagó el motor y cerró los ojos en un intento por aislarse de todo. Pero sus fantasmas ya estaban desbocados y, como lobos bajo la luna, comenzaron a aullar con desesperación, transportándole, muy a su pesar, hasta sus once años, hasta una tarde de sábado en Monte Abril.
Acababan de merendar sentados en corro sobre la hierba, después del partido de fútbol, y el hermano Samuel, como siempre, comenzó a aplaudir, animándoles a jugar al escondite. Iñurrieta y Sanz se cubrieron la cara con las manos y empezaron a contar. “Uno, dos, tres, cuatro…” Él corrió junto a Pikabea hacia el camino que rodeaba los dos pequeños cerros; cerca de ellos, el hermano Luis trotaba remangándose los bajos de la sotana. El aviso de los dos que habían quedado en la campa -“¡Allá vamos!”- espoleó sus fuerzas. Pikabea continuó adelante y él se escondió en un declive del terreno. No era buen cobijo, así que dio un rodeo y se internó en el senderillo que separaba los dos promontorios. Al sentir las zarzas clavársele en las espinillas se arrepintió, pero no retrocedió. Con el corazón en la boca siguió saltando la maleza, buscando salir por el otro lado. La risa aguda del hermano Luis se escuchó confundida con un aluvión de chillidos. Se agachó. Imaginó la felina figura del curilla corriendo hacia las mochilas. Sonrió, excitado. El alboroto delató que había conseguido salvarse. Era buen momento para seguir. Al incorporarse descubrió la oquedad entre el follaje. Se acercó lentamente, salvando los setos de espinos. Era pequeña. Estiró el cuello para otear su interior por encima de los bloques de zarzas y helechos y, al advertir que parecía tener profundidad, decidió explorarla. La humedad lo envolvió nada más dar los primeros pasos. Pensó que sería mejor volver con los demás y hacerles partícipes de su hallazgo. Con ellos se atrevería a llegar hasta donde fuera, pero él solo… No le dio tiempo a girarse. Algo semejante a un maullido le paralizó. Había sonado cerca. La idea de encontrarse un cachorrito de gato o de perro le animó a avanzar hacia las rocas que se intuían al fondo. Regresar con él en las manos le convertiría en el héroe de la tarde; sin embargo, no se atrevió a traspasar la frontera entre la claridad y la oscuridad. No le hizo falta para ver lo que vio. Lo que no creyó estar viendo. Lo que desearía no haber visto jamás. Después de sentir el revoltijo de tripas, dio media vuelta precipitadamente y echó a correr. “¿Quién anda por ahí?”. No respondió. No se detuvo. Ni siquiera cuando las espinas de las zarzas le acribillaron las piernas.
El Teleberri de la noche anunció el hallazgo del cadáver de Oscar Peña en una pequeña gruta del Monte Abril, en Artxanda. A su lado se habían encontrado frascos de pastillas.
Al día siguiente, Ángel Fuentes no fue a trabajar. Realizó unas llamadas de teléfono, luego montó en su coche y cogió el camino de la costa. La residencia envejecía en su colina verde sobre el mar. El portero le condujo hasta una de las terrazas.
-Allí está –dijo, señalando al anciano sentado en una silla de ruedas, en el extremo del balcón.
Ángel se acercó.
-¿Hermano Samuel?
El viejo volvió hacia él sus ojillos vidriosos.
-¿Quién es usted?
Por toda respuesta, Ángel dejó caer en sus rodillas un periódico del día, abierto por una página concreta. El anciano leyó. Levantó la vista al frente. Asintió lenta, pensativamente, varias veces.
-Así que tú eras el que entró aquella tarde en la cueva.
Ángel no respondió. Conteniendo las lágrimas, apretó los puños y marchó en silencio.
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