—Veo... un largo viaje, lejanas tierras... Veo guerra..., sangre... y una piel oscura..., una piel oscura que os cambiará la vida.
—¿Qué es una piel oscura?

Pero por toda respuesta la mujer soltó lentamente la mano y quedó mirándole a los ojos.

—Tened ventura —dijo secamente.

—¿Qué es una piel oscura? —repitió.
—Lo dicho, dicho queda —contestó ella—, dadme si os place unas monedas y marchad en buena hora.
—Pero decidme...

—¡Apurad el paso! —exclamó de pronto García Sánchez de Teza girándose levemente sobre su silla de montar—. ¡Se nos va a echar la noche encima!

Los diez hombres de a pie apresuraron la marcha. Era la primera jornada de viaje y las fuerzas aún estaban intactas. Un nuevo relámpago rasgó la negrura del cielo, iluminando con su fogonazo los campos que ya comenzaban a ser devorados por la sombras. Habían salido de la torre de Teza después del mediodía, bajo un sol radiante y un firmamento raso que había ido cubriéndose de nubes a medida que avanzaban hacia el sur. La tormenta seca procedente de poniente que les venía acompañando a partir de Sarracín había traído la noche antes de tiempo.
Simón Cantero arengó nuevamente a los peones. Juan Peña refrenó su caballo para ayudar a Elías con las mulas de carga, al final de la caravana. El joven agradeció el gesto con una escueta sonrisa, tiró de las riendas, espoleó a los animales con un grito, se asentó en su montura y volvió a sumirse en sus pensamientos.

 

Orgaz (Toledo), abril de 1485

Cincuenta leguas y ocho días después de abandonar Burgos, la pequeña comitiva llegó a la villa de Orgaz.
Con García Sánchez de Teza al frente, jinetes y peones cruzaron la puerta de Toledo, y enfilando la larga calle que atravesaba de Norte a Sur la población, la recorrieron hasta desembocar en la plaza Mayor, en donde tomaron una rúa estrecha que llevaba a una plazuela de casas pulcramente encaladas.

Desmontaron a la puerta de una posada. García Sánchez ordenó a los diez hombres de a pie que condujeran los caballos y las mulas cargadas con pertrechos militares a unas caballerizas, y seguido por su hijo y por sus tres hombres de confianza entró en el establecimiento.

A media tarde, cuando los tañidos de la hora nona volaban como cigüeñas perezosas en el cielo mustio de abril, padre e hijo, después de haber comido y descansado, salieron del local. Un sol débil y pálido acariciaba la fachada de la iglesia cuando alcanzaron la plaza Mayor; por las callejuelas que la rodeaban se mezclaban luces tenues con sombras frescas; el aire anunciaba una noche fría. Antes de llamar a la puerta del caserón, García Sánchez recorrió con la mirada la portada de piedra parda, las contraventanas cerradas, excepto las de la segunda planta, el escudo labrado sobre el dintel.

—¿Es ésta la casa de Nuño Calderón? —preguntó el joven Gonzalo.
—Ésta es.

Asió la aldaba y golpeó con firmeza. Un sirviente robusto y de edad avanzada les observó con recelo desde el portón entreabierto, y al escuchar la presentación lo abrió del todo y les franqueó la entrada. Le siguieron por el portalón oscuro hasta las escaleras de piedra y entraron en la sala que el hombre, con unas palabras ininteligibles, les indicó.
Afortunadamente, el recibimiento del amo del palacete fue mucho más cordial.

—¡García! —exclamó poniendo sus manos en los brazos del recién llegado—. ¡Mi buen amigo García! —y lo estrechó contra su pecho.

Tras abrazarse y dedicarse mutuamente halagos y palabras de bienvenida, el visitante señaló a su vástago, que les contemplaba en silencio con expresión desvalida. Calderón lo observó de arriba abajo, disimulando su decepción. Aquel muchacho delgado, de aspecto consentido y mirada estúpida, en nada recordaba al joven arrojado, fornido y resoluto que fue su padre a su edad. Esbozó una sonrisa forzada, apretó entre sus dedos aquella mano huesuda, invitó a ambos a sentarse junto al brasero y pidió vino para los tres.

Durante largo rato, en el que Gonzalo hubo de limitarse a sonreír y a intervenir con comentarios aislados, los dos viejos amigos charlaron sobre tiempos pasados, sobre los lejanos días de su juventud, sobre vivencias compartidas, extrayendo recuerdos de otros recuerdos, rescatando anécdotas casi olvidadas. Echándose hacia atrás en su sillón de cuero, Nuño Calderón se llevó a los labios su copa de vino.

—¡Cuántos recuerdos...! —suspiró sacudiendo la cabeza.

Con la mirada perdida en sus propias evocaciones, García Sánchez asintió lentamente.

—Y ahora me dices —comentó el anfitrión entornando los ojos en ademán pensativo— que vuelves a las andadas, que marchas para Andalucía,...
—Así es —confirmó el aludido.
-Imagino que no hace falta advertirte que en Sevilla sufren la peste.
Lo sabemos. La reunión de tropas se ha establecido en Córdoba. Para allí nos dirigimos.
—Has escogido buen momento –dijo con un mohín de aprobación-. Las cosas por el Sur están revueltas y hacen falta armas y brazos que sepan manejarlas.
—Puede que de ahora en adelante todos los momentos sean buenos.

Calderón enarcó una ceja.

—Parece que de una vez por todas la guerra contra el moro se está tomando en serio —aclaró García.
—Siempre hubo arrebatos de bravura, a los que siguieron otros de debilidad —refutó Calderón—. Ha sido así con todos los monarcas, y con estos no tiene por qué ser diferente.
—Quizás, pero de momento están consiguiendo algo que el difunto Enrique no logró jamás: unir a la nobleza para una causa común.
—Hasta que los nobles pidan más y entonces cada uno campará a su antojo, como siempre han hecho.
—Puede ser —replicó el burgalés—, pero la impresión dada hasta ahora es favorable. Están dando los pasos correctos. Si no tengo mal entendido, hace un año, aquí mismo, en Orgaz, se reunieron las Hermandades del reino para aportar una buena cantidad de maravedíes destinados a la guerra de Granada.
—Doce cuentos —detalló Calderón de mala gana.
—Nada menos —apuntó García.
—Esperemos que al menos los empleen para lo que fueron recaudados y no en otra clase de veleidades.
—En Burgos se dice que Fernando e Isabel no tienen más horizonte que el de ganar al moro y echarle de sus tierras.

Nuño Calderón volvió la cabeza hacia el joven Gonzalo, cuya voz había sonado aflautada e insegura. Sonrió paternalmente.

—¿Eso se dice en Burgos? –preguntó matizando la ironía-. Sí, puede que ése sea el propósito más firme de nuestros reyes... hasta que sufran los primeros reveses y se vean obligados a pactar y establecer treguas. Es una historia que conocemos bien, ¿verdad, García?
—Por desgracia sí, pero yo aún soy de los que creen que conquistar Granada es posible. Y confío en que algún día será así.
—Ojalá —concedió Nuño, incrédulo—, pero no lo verán tus hijos. Ni los tuyos —añadió mirando a Gonzalo.
García Sánchez de Teza agrió el gesto, contempló su copa y se la llevó a los labios.
—Tú y yo estuvimos en la toma de Archidona, y en la de Gibraltar, hace ya más de veinte años —siguió Calderón—. Fue una campaña vertiginosa, ¿lo recuerdas? —el amigo afirmó sin palabras—. ¿Y qué se ha hecho desde entonces? Alguna villa, alguna fortaleza más... Los moros llevan aquí cientos de años, García, y no se irán tan fácilmente. Si la actual dinastía cae, llegará otra desde el otro lado del Estrecho, o desde Egipto, y quién sabe si los turcos no tienen ya en sus miras embarcarse hacia nuestras costas —hubo una breve pausa—. Cuando nuestros reyes mueran, ¡Dios quiera que dentro de muchos años!, sus descendientes heredarán un reino en guerra con los moros,y, con suerte, el rey granadino de turno se avendrá a pagar un tributo anual de vasallaje, como hasta ahora venía siendo —Nuño Calderón calló por un momento, tras el cual miró con afecto al viejo camarada—. No esperes nada más —aconsejó—. Conténtate con hacer una buena campaña, cobrar todo lo que puedas, obtener todo el botín de guerra que te sea posible y, si tuvieras la fortuna de destacarte en alguna batalla, con merecer algún título o tierras. A nada más podemos aspirar.

La sala quedó en silencio. El dueño de la casa bebió lentamente y después se giró hacia la mesita. El joven Gonzalo, rígido en su silla, le observó tomar la jarra y rellenar su copa. Sin mover la cabeza, miró a su padre, que permanecía callado, como meditando las palabras escuchadas. Nuño se asentó, suspiró, se rascó el mentón canoso y sonrió con malicia.

—¿Aún te sientes con fuerzas para jugar a la guerra? —preguntó.
—Por supuesto —repuso García—. Mientras pueda sostener una espada no habrá batalla que no pueda librar. Además, no soy tan mayor.
—Cierto —reflexionó Nuño arrugando el ceño—. Siempre pienso que mis amigos tienen que tener la misma edad que yo. Te llevo, sin no recuerdo mal... ¿diez años?
—Más o menos.
—Este año creo que cumpliré los sesenta y dos.
—Cincuenta y tres he cumplido yo.
—Son muchos años de diferencia —admitió con pesar—. A mí me sería imposible cabalgar más de tres jornadas seguidas. Desde hace un lustro los huesos de mi espalda me tienen martirizado. Para mí, el pasado ya sólo es eso: pasado. Algo imposible de recuperar. Te envidio.
—Algún día me llegará el turno. Es ley de vida, Nuño. Hasta entonces...
—¿Cuándo fue la última vez que batallaste?
—En la toma de Zamora a los portugueses. Aunque la verdadera última batalla la libré en Toro, en los campos de Peleagonzalo.
—Una batalla encarnizada.
—Sangrienta.

Se miraron a los ojos. Bebieron a un tiempo. Gonzalo los imitó, nervioso y apocado.

—¿Viajas bien acompañado?
—Muy bien acompañado —respondió el burgalés, orgulloso—. He conseguido reunir diez lanceros y cinco jinetes, contándonos a nosotros dos —miró a su hijo por un momento.
—No está nada mal —opinó Nuño haciendo una mueca con la boca—. Nada mal.
—Mis esfuerzos económicos me ha costado.
—¿Gente experimentada?
—Sí... bueno —rectificó—. De los lanceros, algunos estuvieron conmigo...
—Me refiero a los jinetes.
—No puedo quejarme –respondió con falsa modestia-. Para mi hijo, aquí presente, será su primera campaña, pero domina el arte de la espada como un maestro —el joven se enderezó en su sitial, empavonado—. Maneja toda clase de armas, y es un buen jinete. Luego llevo dos hombres que llevan tiempo a mi lado y a uno reciente, un ayalés.
—¿Un ayalés?
—Sí, de la tierra de Ayala, en el Norte.
—Ya sé dónde está la tierra de Ayala —refunfuñó Calderón—, pero de la forma que lo has dicho más parecía que se tratase de alguna raza especial, un caballo andaluz, una esclava etiope, un...
García Sánchez sonrió con la comparación.
—¿Y dices que hace poco que está a tu servicio?
—Sí. No llega a dos meses. Vivía desde hacía casi un año en Burgos, en casa de un tal Manrique, un mercader de poca monta. Se ganaba la vida como cazador, pero en cuanto le ofrecí trabajar para mí no lo pensó dos veces. Se vino para la torre al día siguiente.
—Imagino que tendrá más cualidades que la de ser cazador —insinuó mordaz Nuño Calderón.
—¿Quieres decir si es buen soldado?
—Evidentemente.
—No —confesó García sin sonrojo—. Hasta que llegó a mi torre jamás había empuñado una espada. Pero aprenderá rápido —se apresuró a decir antes de que el amigo le interrumpiera—. Mis hombres le han adiestrado en este poco tiempo, y aunque apenas ha podido asimilar las nociones básicas, te puedo asegurar que ese joven llegará a ser un gran hombre de armas. Ha nacido para ello.
Nuño Calderón dibujó un gesto de escepticismo.
—¿Y confías una montura a un inexperto? —preguntó, extrañado.
—Mi padre siente hacia ese ayalés un afecto exagerado —apuntó Gonzalo Sánchez.
—Y tú también deberías hacerlo —replicó su padre sin reproche—. Te salvó de un buen aprieto.
—Y lo hago, padre. Tú lo sabes.
—Unos rufianes —explicó García ante la mirada interrogante de Nuño— le atacaron una noche en un callejón oscuro. Elías, que así se llama el ayalés, apareció por casualidad y se enfrentó a ellos. De ese modo establecimos contacto.

Nuño Calderón bebió lentamente, advirtiendo el rubor en el rostro del muchacho.

—Al menos los otros dos serán hombres curtidos —dijo.
—Lo son. De total garantía. Cargan en sus espaldas numerosas...
—Hace un tiempo —interrumpió—, me hablaste en tus cartas de un sujeto que habías conocido en Zamora, un tipo un tanto pendenciero... un tal... ¿Simón, puede ser?
—Los años no han mermado tu memoria —bromeó el burgalés—. Sí. Simón Cantero. Pendenciero, como tú dices, pero ante todo un guerrero temible. De esos individuos que tranquiliza tener al lado y no enfrente.
—En Burgos no hay quien se atreva a enfrentarse a él —exclamó el joven con pasión.
—Un buen elemento, por lo que veo —dijo Nuño con cierto sarcasmo.
—Tanto como un perro de presa bien domesticado —contestó García, ufano—: sumiso para su amo, fiero para los demás.

A grandes gritos, el dueño de la casa pidió más vino, y continuaron hablando hasta que las sombras ocuparon el hueco del estrecho ventanal y tres tañidos lentos y vibrantes anunciaron la puesta del sol. Entonces, García Sánchez comentó a su hijo lo oportuno de retirarse.

—Daba por hecho que me honraríais con vuestra presencia esta noche a mi mesa y quedándoos a dormir bajo mi techo.
—Sabes cuánto te lo agradezco, Nuño, pero estoy en campaña, y en campaña sabes que un buen capitán debe dormir al lado de sus hombres.
—Sí —admitió pesaroso—, pero me había hecho a la idea... No llevo bien una viudedad sin descendencia, García. Esa es otra de las cosas por las que te envidio.
—Nada me agradaría más que aceptar tu hospitalidad, pero ambos sabemos que de cenar juntos el alba nos sorprendería hablando y recordando, y ése es un lujo que no puedo permitirme, mas te prometo que a nuestro regreso te tomaré la palabra y me detendré aquí unas jornadas.

El anfitrión asintió con leves movimientos de cabeza, como un niño consolado.

—Además —añadió el burgalés—, estoy cansado y deseo retirarme pronto.
—Tienes cara de ello. Procura dormir en buen colchón, a partir de ahora, hasta llegar a Córdoba, tal vez tengáis que hacerlo más de una vez bajo las estrellas.
García Sánchez sonrió y se incorporó lentamente. Caminaron juntos hasta el portalón. Antes de abrir la puerta, a la luz de dos hachones colgados en las paredes, Nuño Calderón tomó a su amigo de las manos. Sin palabras recorrió sus ojos saltones, su cara ligeramente abotargada por la edad, su clásico peinado a lo borgoñón, tan pasado de moda,...
—Buen viaje, amigo —pronunció con firmeza—. Y buena fortuna en el combate. Te espero a la vuelta.

García Sánchez de Teza correspondió con un firme asentimiento. Calderón palmeó la espalda del chico y los observó marchar hasta que la oscuridad y las callejuelas se los tragaron.

 

Para cuando el gallo de la posada rasgó el amanecer con un canto largo y estridente, los verdes ojos de gato montés de Simón Cantero llevaban ya largo rato abiertos, clavados en las penumbras de la habitación.
Apenas había descansado. Se había dormido rápido, satisfecho con la copiosa cena y los cuencos de vino que la siguieron, para despertar pocas horas después agitado, sudoroso, preso de una pesadilla que le mantuvo en un incómodo duermevela toda la noche. Avanzada la madrugada, vencido por el cansancio, se sumió en un sueño nervioso, corto, del que despertó con la respiración excitada y la boca seca.
Había soñado con Clara. Y con Elías. Y en su sueño se había visto a sí mismo cabalgando hasta la granja de la joven campesina viuda, desmontando en marcha, como casi siempre hacía, entrando sin llamar, como siempre, y descubriéndoles abrazados en el camastro pegado a la pared. Los había visto perfectamente: desnudos, satisfechos, sudorosos y exhaustos, volviéndose hacia él para dedicarle una mirada de desprecio y romper en sonoras carcajadas mientras, sentado a la chimenea, el despreciable mendigo reía como un poseso y el perro de Clara, aquel odioso cachorro de lanas rubias, se sumaba al escarnio aullando subido a la mesa de áspera madera.

Escuchó en su cabeza el eco de sus risas y sus puños se cerraron con fuerza, dispuestos a espantar a golpes a los fantasmas que lo atormentaban, pero permaneció inmóvil, sin mover un solo músculo.
Continuó quieto hasta que los resquicios del ventanuco fueron pasando del negro a un gris incierto y desde el patio del corral llegó la voz pastosa de la posadera hablando a sus gallinas. El canto de un gallo perezoso sonó agudo y lejano, resbalando por los tejados aún dormidos. Casi al mismo tiempo, tres campanadas frías anunciaban la salida del sol. Escuchó el revolverse de sus compañeros de cuarto. El ronquido monótono de Juan Peña se elevó en una especie de gruñido molesto y luego volvió a su ritmo habitual. Pronto se levantarían, desayunarían algo en la misma posada y marcharían de Orgaz. Si cogían buen paso, con un poco de suerte aquella noche dormirían en Malagón. El camino no era dificultoso y no se preveían lluvias.

Se sentó pesadamente, echó una ojeada a su alrededor y, en las sombras, clavó la mirada en el camastro de Elías. Observó el subir y bajar de las mantas. Sus ojos se mecieron en el compás del durmiente como dos hojas acunadas por la corriente suave de un río. No lograba entender cómo aquel muerto de hambre, que se ganaba los cuartos pateando los montes detrás de conejos y perdices, había podido entrar en la vida de Clara hasta el punto de hacerse un hueco en su cama. Es más, a veces llegaba a dudar de que hubiera sido así. Jamás les había sorprendido yaciendo juntos, y el mendigo que le vino con el chisme de que había visto a Elías en la cocina de la casa era viejo y estaba medio chiflado; sus ojos enfermos podían haber confundido a Elías con cualquier otro: un alguacil del monte, un caminante de paso, un pastor,... Hasta era posible que no viera a nadie en la granja, pero la mirada de Clara la última mañana que la visitó, vísperas de partir, al tomarla por el cuello y pronunciar el nombre de Elías confirmaba todas las sospechas, despejaba todas las dudas. Recordó su expresión asustada, su boca desencajada, la fiereza con la que intentó defenderse de su acoso, y su cintura experimentó un placentero cosquilleo al evocar sus manazas sujetando sus pequeñas manos morenas, el violento bofetón con que la arrojó contra el jergón y el crujir de sus ropas al desgarrarlas de arriba abajo antes de subirse a su espalda y pegarse a sus nalgas para inferirle el humillante castigo. Los gritos que el dolor le impidió contener pese a sus esfuerzos, rompieron la resistencia de la mujer y brotaron en un alarido salvaje cargado de lamentos, de llantos. Ahora, en las penumbras del amanecer toledano, los labios de Simón Cantero se dilataron en una sonrisa animal al recordarlos, pero, como si otra escena se hubiera colado de pronto en su memoria, la sonrisa se apagó y sus ojos verdes brillaron en las tinieblas de la habitación antes de quedarse fijos, de nuevo, en el bulto oscuro que era Elías.

Los gritos de Clara... ¿cómo serían cada vez que aquel maldito la montaba? Imaginó su boca abierta vomitando quejidos de placer, incontenibles jadeos de deseos satisfechos,... Con él, salvo en la última ocasión, aquella boca jamás se había abierto. Ni sus ojos le habían mirado. Ni su cuerpo se había estremecido. El recuerdo que le quedaba de cada encuentro siempre era el mismo: una mirada aterrada al llegar y otra ausente al marchar. A aquel hijo de perra cuyo nombre le dolía pronunciar le había abierto su lecho; él siempre había tenido que buscarla, obligarla,... Los dientes de Simón Cantero chirriaron en la oscuridad. ¿Desde cuándo llevarían acostándose? ¡Poco le había durado el dolor por el difunto a la muy puta! En un instante de locura, su mano se deslizó hasta la daga que dormía bajo su almohada y la empuñó con fuerza. Sus ojos no podían apartarse de aquel bulto enorme que respiraba rítmicamente, de espaldas a él. Le bastaría con acercarse, ponerle la mano en la boca y abrirle el cuello como a un marrano. Pero respiró hondo, enfundó el arma y después de calzarse las botas y coger el zamarro salió del cuarto.

Para cuando Juan Peña apareció en las escaleras, Simón rebañaba los restos de un par de huevos fritos con lonchas de tocino en una mesa cercana al mostrador. Se aproximó, tomó asiento y masculló un saludo.
¿Se han levantado los demás? —preguntó Simón por toda respuesta.
—Elías sí. Gonzalo y el señor se han quedado hablando.
—¿Hablando? —refunfuñó—. ¿Hablando de qué?
—No lo sé, hablaban en voz baja, entre ellos.

Juan levantó una mano y, dando un silbido, pidió al posadero, que trajinaba en la cocina, un pedazo de queso, pan y un cuenco de vino.

—Tendremos buen día para viajar —comentó—. Parece que hace fresco.

El crujir de los peldaños impidió la réplica de Simón. Gonzalo Sánchez bajaba lentamente, seguido de Elías.

—Me voy para los establos —dijo Simón incorporándose, al tiempo que se limpiaba la boca con la manga—. Vendré ya con los demás.
—No hace falta —contestó Gonzalo sentándose en el banco—. No partimos.

Simón Cantero, de pies al otro lado de la mesa, y Juan Peña, le miraron sorprendidos.

—Mi padre no se encuentra bien —explicó—. Ha pasado mala noche y no se ve en condiciones de cabalgar.
—¿Qué le ocurre? —inquirió Simón.
—Ya lo he dicho —respondió el joven—: Ha pasado mala noche. Si para el mediodía se ha recuperado nos pondremos en camino. Un simple cansancio. ¡No lo molestes! —ordenó al ver que Simón se dirigía hacia las escaleras—. Lo he dejado dormido.
—Habrá que avisar a los lanceros —opinó Juan Peña—. Estarán preparando las monturas.

El mesonero se acercó y depositó en la mesa el pan, el queso y el vino.

—¿Van a tomar algo los señores? —preguntó.
—Huevos —respondió Gonzalo sin mirarle—. Y pan de trigo. Y vino.

Molesto por el tono del muchacho, el hombre volvió los ojos hacia Elías.

—Un tazón de leche caliente y un pedazo de pan duro.

Simón Cantero lo fulminó con la mirada. No había habido mañana, desde que salieron de Burgos, en que el joven pidiera otra cosa. ¿Es que en tu tierra los hombres desayunan como las viejas?, estuvo a punto de increparle.

—Voy a los establos —anunció bruscamente dirigiéndose hacia la puerta—. Yo avisaré a los peones.

La posadera, que volvía del corral con una gallina en cada mano, hubo de frenar su paso para no chocar con él.

—Mal le ha sentado a éste el despertar —dijo Juan Peña tras el portazo de su compañero al salir.

Los tres hombres que habían dormido junto a los animales en las caballerizas interrumpieron su conversación al ver entrar a Simón Cantero, “el Verdugo”. Dos de ellos se encontraban sentados en el montón de paja que les había servido de lecho, comiendo unas cebollas, mientras el tercero comenzaba a cargar una de las mulas. Sin una palabra de más, al tiempo que caminaba hacia su caballo, Simón les informó del cambio de planes y ordenó al de la mula que se acercara a la posada en donde habían pernoctado los demás y les pusiese al corriente.


—¿Entonces no partiremos hoy? —preguntó el hombre.
—Partiremos cuando el señor lo diga —bramó “el Verdugo”, acariciando el pescuezo de su hermoso caballo blanco.
—¿Y qué haremos todo el día en este pueblo? —protestó en un murmullo uno de los que desayunaban.
—Pues matar el tiempo en cualquier taberna, ¿qué si no? —contestó el otro, de la misma manera—. Aunque a mí, la verdad, no me sentarán mal unas horas más de descanso.

—Hoy es día de mercado —informó el posadero, ante la consulta de Gonzalo Sánchez—. No tiene nada de especial, pero si les da por venir a unos músicos que suelen llegar de Mora, podéis pasar un buen rato con sus coplas.

Aguardaron a que Simón regresara, y después de comprobar que García Sánchez de Teza continuaba durmiendo plácidamente, abandonaron la posada.

El mercado se montaba en la plaza Mayor, frente a la iglesia. Cuando asomaron a ella, buena cantidad de mujeres pululaba ya por entre los diferentes puestos. Bajo los soportales se habían instalado los vendedores de frutas y verduras, para proteger sus productos del sol que, según prometía el frescor de la mañana, calentaría a mediodía; alrededor de los escasos árboles, mostraban sus ollas, cuencos, pucheros, jarras y escudillas, dos hombres oscuros, secos, que rumiaban pan untado en aceite; frente a ellos, una mujer y su hija pregonaban a voces las excelencias de los quesos que exhibían sobre unas tablas grasientas; del fondo de la alargada plaza llegaban los gritos de los que vendían telas; un mielero caminaba de un lado a otro, con su cántaro de barro colgado del hombro, ofreciendo su miel con gesto desganado.
Los cuatro viajeros deambularon sin rumbo, deteniéndose aquí a observar el tenderete de los boneteros y cintureros, parándose allá para admirar la habilidad de un anciano cestero que, con sus manos nudosas, doblaba, entrelazaba, estiraba y afianzaba largas tiras de esparto.

Los músicos de los que había hablado el posadero se presentaron a media mañana, cuando las dos campanadas de la hora tercia espantaban una bandada de palomas posadas en las alturas de la torre. Al ritmo estridente de sus flautas, panderos y vihuelas, avanzaron entre la gente hasta detenerse junto a la puerta de la iglesia, atrayendo tras de sí a hombres, mujeres y niños de todas las edades, que se arremolinaron a su alrededor. Eran siete, y el que llevaba la voz cantante, un mozo de rostro curtido y ojos alegres, se adelantó unos pasos, hizo una reverencia y presentó sus respetos a la concurrencia con una retahíla de versos que despertaron más de una carcajada. A continuación, hizo una señal a sus compañeros y tras comenzar éstos una tonadilla rápida, cantó sin dejar de gesticular con las manos:

“Ajofrín y Sonseca
Orgaz y Mora,
estos cuatro lugares
ponen la olla.”

Alzó un dedo y ladeó la cabeza antes de continuar.

“Ajofrín el tocino,
Sonseca el nabo,
Mora la berenjena,
y Orgaz el caldo.”

—“¿Y Yébenes nada pone"? —preguntó siguiendo el ritmo uno de los que tocaban el pandero.

“¡Yébenes la cuchara
para catarlo!”

Entre los aplausos y risas de la gente, el mozo, tras efectuar un par de cómicas piruetas, guiñó el ojo a una joven que estaba en primera fila y cantó:

“Marjaliza la pedriza,
Yébenes el cantorral,
Caciques son los de Mora
Y señores los de Orgaz”

Después, acercándose a la muchacha, siguió:

“Marjaliza la pedriza,
Yébenes el cantorral,
Y para muchachas bonitas
Las de Mora...

Dejó la voz en suspenso y, mostrando una ancha sonrisa, se inclinó ante la joven, que con risitas nerviosas intentaba disimular el rubor que le inflamaba el rostro.

... ¡Y las de Orgaz!”

—Tiene arte el condenado —comentó Gonzalo Sánchez con cierta envidia revestida de sarcasmo, mientras el chico correspondía con exageradas genuflexiones a los vítores de los presentes.

Apenas habían comenzado a sonar de nuevo los instrumentos cuando, del otro lado de los músicos, una mujer menuda, cubierta con una pañoleta, se abrió paso entre la gente y, dejando su cesta en el suelo, se dispuso a contemplar el espectáculo. Era una mujer corriente, similar a todas las demás que allí se daban cita, y en la que nadie reparó. Pero al verla, el corazón de Elías de Aldama brincó dentro de su pecho. Los ojos se le iluminaron y sus labios se abrieron en un temblequeo. Parpadeó. Aguzó la mirada. No, no era ella, aunque todo en aquella desconocida se lo recordara: la estatura, la cara morena, la forma de ajustarse el pañuelo a la cabeza,... No, no era ella. Ahora, fijándose en los detalles, podía sacar mil diferencias. Sin embargo, el corazón no dejó de galoparle, excitado, y el cosquilleo de las piernas le hizo sentirse débil.
El mozo de las coplas se convirtió en alguien transparente a su mirada ciega, y los músicos que lo acompañaban en personajes que soplaban, tañían y percutían instrumentos que no sonaban. De continuo, su atención se desviaba hacia la mujer y por medio de ella revivía momentos que se le agolpaban en la memoria, como una muchedumbre que se apelotonara, frenética, empujándose violentamente para atravesar, uno a uno, por una puerta estrecha.

No había olvidado a Clara. En ningún instante. En realidad, desde que nueve días atrás partiera de Burgos, sólo en momentos contados su recuerdo no había estado presente; e incluso en esos momentos ella estaba ahí, pues ella y nadie ni nada más era la causante de su confusión, de su ansiedad, de la tristeza que posada en sus hombros como una niebla húmeda le impedía pensar con claridad.
La nueva explosión de aplausos y exclamaciones le hicieron volver a la realidad. Uno de los que tocaban el pandero comenzó a pasar su gorra de fieltro y, en contra de lo que solía ser común, la mayoría de la gente permaneció en su lugar, buscando la forma de premiar aquel buen rato, algunos con unas pocas blancas, otros con unas manzanas, un bollo azucarado o unas galletas recién compradas en el mismo mercado. Gonzalo Sánchez revolvió en su bolsa, mientras Elías contemplaba cómo la mujer desaparecía en el bullicio y el desorden. No dejó de mirarla hasta que su figurilla fibrosa y erguida fue engullida por el gentío. Gonzalo Sánchez ya había depositado sus monedas y Juan Peña se alejaba lentamente con su andar pesado. Elías continuó quieto, soportando el roce de los que se dispersaban comentando la gracia de las coplas y riendo entre dientes, tan ensimismado que no advirtió que a su lado, casi hombro con hombro, Simón Cantero tampoco se había movido. La mirada felina de el Verdugo iba y venía del rostro de Elías hasta la mujer que hasta hacía unos instantes había estado allí, tan cerca de ellos. Por la reacción del joven al verla sabía lo que estaba pensando y esa certeza le devolvió de golpe todas las imágenes del sueño con una brutalidad que le robaba la razón. Contempló su perfil de ancha frente y afilada nariz colorada, sus ojos grises de largas pestañas perdidos en el vacío, reviviendo escenas que él podría describir con total fidelidad. ¡Maldito hijo de mala perra! ¡Maldito ayalés salido de los infiernos!

Elías se volvió de pronto y sus ojos se encontraron, frente a frente, apenas a dos palmos, con los de Simón. El fuego que ardía en las pupilas de el Verdugo se trocó en una frialdad gélida, inexpresiva. La voz de Gonzalo Sánchez pronunció sus nombres.

-¿Qué demonios hacéis ahí todavía? –les gritó-. ¡Vamos a echar un trago!

 

Decir que le había salvado la vida podía parecer exagerado, pero él sabía que la intervención de Elías –sin que nada le obligara a ello- le había librado de un aprieto que tenía muy mala traza. Los seis agresores que, en plena noche, le sorprendieron a la puerta de la mancebía de Burgos no eran bandidos ni hombres acostumbrados a la pelea, pero estaban envalentonados, y bebidos, y en su estado podían haber cometido cualquier atrocidad. Sin embargo, ni entonces ni después se lo había agradecido.

El recuerdo de aquella infausta noche le revolvía el estómago. Jamás se había sentido tan humillado. Mientras Elías se enfrentaba a aquellos canallas para protegerle, él, el hijo de García Sánchez de Teza, gimoteaba en el suelo cubriéndose la cabeza con los brazos para evitar los empellones y puñadas que le llovían. Desde entonces, sus sentimientos hacia Elías se repartían en una sensible balanza en la que la admiración competía estrechamente con una confusa mezcla de celos y envidias que ganaba peso, cada día que pasaba, gracias a la inexplicable inclinación que su propio padre demostraba por el ayalés. La decisión de incluirlo en la expedición a Andalucía a cargo de una montura había sorprendido a todos en la torre, y a él en particular, además, le había herido en lo más hondo. ¿Por qué razón se le concedía tal deferencia a alguien que jamás había empuñado una espada? Elías tendría que viajar en el grupo de los peones, a pie, por detrás de los jinetes, y dormir con ellos, y comer con ellos.

Partiendo un trozo de pan con las manos, recordó la expresión sorprendida de Nuño Calderón al conocer el desatino. Por la forma en que miró a su padre, estaba seguro de que por un momento pensó que su buen amigo García Sánchez comenzaba a perder el juicio. Martín el Tuerto, el viejo criado de la torre de Teza, le había dicho que el señor no había acogido a Elías por haber acudido en su defensa, sino por ser el hombre que había matado a un oso en la sierra de Atapuerca. ¿Acaso matar a un oso era suficiente mérito como para conceder tan alto privilegio? Para un apasionado de la caza como su padre, a la vista estaba que sí. Y más si la muerte del animal llegaba revestida de hazaña. Las semanas anteriores al altercado en la mancebía, la nueva de que un cazador, armado solamente con su cuchillo de caza, había matado en lucha cuerpo a cuerpo en medio de la noche y la nieve al oso que había malherido a su compañero, corrió por todo Burgos y su comarca. Se decía que tras acabar con él lo había desollado, envolviéndose en el enorme pellejo ensangrentado para no morir congelado en la montaña. La sola idea de que pudiera haber ocurrido así le ensimismaba, y más de una vez había estado tentado de preguntarle cómo había sucedido, pero sabía que Elías le respondería, como respondía a todo lo que se le preguntaba, con frases escuetas y con aquella indiferencia que a él le sacaba de quicio.

Gonzalo Sánchez tomó su jarra de vino y al llevarla a los labios contempló a Elías, sentado al otro lado de la mesa, comiendo en silencio el potaje de verduras que les habían servido. Observó su postura erguida, que sólo inclinaba levemente sobre la escudilla para meterse la cuchara en la boca y volvía a enderezar mientras masticaba rotunda pero lentamente. Masticando a su vez, fijó la atención en los negros cabellos que caían desparramados sobre los hombros y la espalda, en la tupida barba recientemente recortada, en los ojos grises que, aparentemente ajenos a todo cuanto les rodeaba, se posaban en personas y objetos con aquella mirada tranquila que parecía absorber cada detalle. Tal como le había sucedido en otras ocasiones, no pudo sustraerse al pensamiento de aquellos ojos viendo frente a sí al enorme oso; de aquellas manos aferrando el cuchillo, asestando desesperadas puñaladas en la masa descomunal, poderosa, rugiente, que intentaba envolverle en su abrazo mortal; de aquel cuerpo esquivando los manotazos demoledores de unas garras afiladas como dagas. Por un instante, la admiración recobró toda su intensidad y fue de nuevo el niño que salía corriendo del patio de la torre al encuentro de un padre que volvía al frente de sus hombres, polvoriento, cansado, triunfal, de una campaña cuyos ecos de victoria y tragedia habían llegado días antes desde el campo de batalla. Gonzalo Sánchez era, una vez más, el niño timorato extasiado ante la presencia del héroe.

—¡Más pan!

El intempestivo grito de Simón Cantero disipó de golpe todas sus ensoñaciones. Miró la cesta, en la que tan sólo quedaba un puñado de migas, y luego a Simón, que se servía una ración más de la olla humeante colocada en el centro de la mesa. Habían entrado poco después del mediodía en un mesón del callejón del Gato, próximo a la plaza Mayor, con ánimo de comer cuanto antes para ganar tiempo ante la previsible reanudación del viaje. Cuando se sentaron a la pequeña mesa del rincón, apenas había media docena de parroquianos en el local.

—Ahora están todos en el mercado —había dicho el mesonero—. Más tarde no habrá una mesa vacía. Aquí para mucha gente de los alrededores.
Pudieron comprobar que era cierto. En un breve espacio de tiempo, como si alguien hubiera dado la orden, comenzaron a entrar grupos de hombres, unos tras otros, que fueron llenando los largos bancos corridos a lo largo de las mesas de oscura y húmeda madera. La muchacha que las servía alargó apresurada un brazo entre Elías y Simón, depositó una hogaza pequeña en la cesta vacía y retrocedió con la misma celeridad, acuciada aquí y allá por voces que, elevándose por encima de las conversaciones y las risas, reclamaban vino y comida.
—¿Sigues pensando que la artillería será la baza que se utilice de aquí en adelante? —preguntó Gonzalo Sánchez dirigiéndose a Simón, retomando la conversación de noches atrás, en una posada de Illescas.

El Verdugo miró al joven como si no supiera de qué le estaba hablando y tragó lo que tenía en la boca antes de responder.

—Por supuesto —dijo.
—¿Y por qué razón habría de ser así? Hoy en día los jinetes moros poca resistencia pueden oponer a nuestra cada vez más numerosa caballería. Estamos mejor preparados.
—¿Quién te ha dicho eso? —Gonzalo enrojeció—. Los jinetes moros son guerreros aguerridos capaces de darnos buenos disgustos. Y sus soldados de a pie también. Si fuera tan sencillo derrotarlos no se gastarían tantos dineros en adquirir cañones ni tantas fuerzas en transportarlos.
Inclinó la cabeza sobre la escudilla y engulló una rebosante cucharada de potaje.
—No se trata de comprobar cuál de las dos caballerías es mejor, Gonzalo —añadió con la boca llena—, sino de ganar una guerra, una guerra que viene durando muchos siglos. Las armas de gran trueno han descubierto que el punto débil de los moros son sus fortalezas, y, al parecer, hacia ahí se van a dirigir todos los esfuerzos. Los condenados moros son grandes guerreros, siempre lo han sido —siguió diciendo Simón, ante la mirada conforme de Juan Peña—, pero no avanzan con los tiempos. Se sienten seguros en su arrogancia, en su conocimiento del terreno, en lo abrupto y rebuscado de sus fortalezas, y no se dan cuenta de que esas fortalezas inaccesibles hasta ahora no podrán protegerles de la artillería.
—¿De qué sirve entonces la caballería? —preguntó Gonzalo, visiblemente desconcertado—. Que provean los ejércitos de artilleros y todo arreglado.
—No es tan sencillo —sonrió el Verdugo.
—La caballería siempre será necesaria —intervino Juan Peña, clavando en el joven sus ojos saltones—. No puede existir ejército sin ella. Simplemente hay que adecuarla a las nuevas tácticas.
—¿También tú opinas lo mismo que Simón?
—Más o menos.

Gonzalo esbozó una mueca de incredulidad y se concentró en los restos de comida que quedaban en su plato.

—Si lo que temes es no poder demostrar tu valía en batalla a campo abierto, no temas —pronunció Simón dedicando una sonrisa cómplice al hijo de su señor—. Ocasiones sobradas tendrás de ponerla a prueba.

El joven devolvió la sonrisa, halagado.

—Queda mucha guerra por delante —apuntó Peña.

Animado, Gonzalo Sánchez rellenó su cuenco de vino.

—¿Pensáis que será una campaña violenta? —preguntó.

Simón Cantero se encogió de hombros.

—Quién sabe —repuso, en tono reflexivo—. Eso es imprevisible. No es algo que dependa solamente de nosotros. Con los moros es imposible fijar un plan concreto. Sería preciso estar dentro de su pellejo para conocer su retorcida manera de pensar. Son tropas disciplinadas, mas al mismo tiempo, por su propia forma de ser, en un momento dado pueden actuar con total anarquía. Son peligrosos,... Su forma de luchar los hace peligrosos.
—¿Cómo luchan los moros?

La pregunta de Elías congeló la mirada verde de Simón Cantero. Tardó en responder y, cuando lo hizo, girando el cuello hacia el ayalés, pareció faltarle el aire.

—Más te valdrá no saberlo nunca.

El vino se agrió en la boca del joven Gonzalo. Los ojos saltones de Juan Peña buscaron en los de Simón la razón a una respuesta que había sonado como una bofetada, como un insulto. Elías, sorprendido, aguantó la mirada un instante, respiró profundamente y la desvió hacia su escudilla. El vocerío de la concurrencia sonaba de pronto como los ladridos de una jauría enfurecida.

—Son buenos guerreros, ¿verdad? —farfulló Gonzalo Sánchez, incapaz de soportar la tensión súbitamente creada alrededor de la pequeña mesa.
—Son grandes guerreros —afirmó Simón con rotundidad—. Sus jinetes galopan como si formaran parte del mismísimo viento. Aparecen cuando menos lo esperas, pasan y golpean, matan y se alejan, sin dejar de proferir esos chillidos desquiciantes... —hablaba sin mirar a ninguno de los tres en concreto. Su voz era áspera, como siempre, pero descargada de agresividad—. Al menos los oyes llegar —dijo sonriendo lacónicamente.
—Lo hacen para asustar, ¿verdad?

Simón miró al joven Sánchez.

—O para ocultar su propio miedo —contestó—, no lo sé. Pero lo cierto es que sus malditos berridos se te meten hasta el último rincón de la cabeza y te enloquecen. Lo mejor que puedes hacer es gritar como ellos, o más fuerte aún, y lanzarte a por ellos para partirlos en dos y acallarlos para siempre. He visto hombres paralizados, quietos como postes, espada en mano, los ojos desorbitados, esperando como corderos a que les corten la cabeza. Ellos tienen un instinto especial para distinguir en plena batalla a las víctimas más fáciles, aquellos que comienzan a perder la serenidad, o aquellos —su voz cobró una indisimulada mordacidad y sus ojos dedicaron una furtiva mirada a Elías, que escuchaba fabricando bolitas de miga entre sus dedos— que no saben ni sostener su lanza.

¿Qué demonios le pasa hoy a éste?, se preguntó Juan Peña. En su búsqueda de motivos, pensó si tendría algo qué ver la inesperada demora en el viaje por el malestar de García Sánchez, pero Simón llevaba raro desde que salieron de Burgos. No, había algo que torturaba a Simón y que, conociéndole, jamás sabría ninguno de ellos; algo que le quemaba, que le dolía por dentro y que pagaba con Elías porque Gonzalo era el hijo del señor y porque con él no se atrevía. Los años juntos al servicio de García Sánchez no habían creado entre ambos una gran amistad, pero sí la camaradería suficiente como para respetarse mutuamente. Observándole al tiempo que bebía de su cuenco, Peña se convenció de que su compañero no era el mismo que siempre había conocido. Durante el paseo por el mercado había ido aquí y allá, a la cola del grupo, sin hablar, sin protestar, cuando siempre gustaba de llevar la voz cantante y de alterar los planes aunque sólo fuera por llevar la contraria. Tampoco se había detenido en el puesto de los vendedores de armas, cosa que invariablemente hacía en cada feria o mercado. Y tampoco, y ésa era la prueba más contundente de que algo le sucedía, había importunado con insinuaciones soeces ni manoseos a la muchacha que les atendía en la mesa. Ni siquiera le había dirigido la mirada.

Sin prestar atención a lo que Gonzalo decía, Juan Peña cruzó los brazos sobre la mesa y hundió su voluminosa cabeza entre los hombros al tiempo que miraba distraídamente, más allá del corpachón de Simón, al resto de los comensales, que continuaban llenando el aire espeso del mesón de conversaciones cruzadas e ininteligibles, de risitas agudas y carcajadas aisladas que sonaban como aguaceros repentinos. Tenía el cuenco en los labios cuando la puerta se abrió e irrumpió un mozalbete alto y flaco, desgarbado, desaliñado, sofocado que, deteniéndose en seco mientras la hoja de gruesa madera se cerraba lentamente, oteaba las mesas con el gesto desangelado de quien acaba de toparse con una enorme contrariedad. La actitud del mozo le distrajo hasta el punto de no entender lo que Simón acababa de decir, pero por el tono de su voz intuyó que Elías había sido nuevamente el blanco de su mala leche y, nuevamente también, se maravilló de la paciencia del joven ayalés. Los ojos del muchacho desgarbado se iluminaron de pronto al posarse en ellos cuatro y Juan Peña lo vio acercarse decididamente.

—¿Son vuestras mercedes los burgaleses que están hospedados en la posada del posadero Mazuelo? —preguntó a bocajarro.

Simón Cantero se volvió sobresaltado y giró violentamente la cabeza hacia la voz que había sonado junto a su oído.

—¿Qué diablos quieres? —bramó, descubriendo con desprecio el rostro huesudo del muchacho, su nariz sucia, las salivas pegoteadas en las comisuras de los labios.
—Sí —se apresuró a responder Gonzalo, queriendo demostrar quién llevaba allí la voz cantante—. ¿Qué deseas?

En su sabiduría instintiva, el atolondrado recadero escrutó por un instante a los dos hombres más jóvenes y decidió, por la diferencia de sus ropas, que el más delgado y menudo de los dos, que es quien le había hablado, era el que buscaba.

—Me envía el posadero Mazuelo, señor —soltó de carrerilla—. Vuestro padre os reclama. Al parecer se halla indispuesto.
—Lleva indispuesto desde esta mañana, haragán —increpó el Verdugo—. ¿Qué más te han dicho?
—Sólo eso, señor.
—¿Has visto tú a mi padre?
—No, señor, no lo he visto —contestó amedrentado por la agresiva reacción de los hombres.

Con el rostro encendido, Gonzalo se incorporó. El recadero a punto estuvo de ser derribado al levantarse Simón y por un momento temió morir aplastado al hacerlo Elías y verse emparedado entre las dos formidables corpulencias. Los cuatro, seguidos por el mozo, llegaron hasta el mostrador y Gonzalo reclamó el importe al mesonero. Algunos hombres se volvieron ante el precipitado abandono de la mesa y siguieron con la mirada a los forasteros y al lelo cuando salieron por la puerta apresuradamente.

 

Gonzalo Sánchez palideció al descubrir el rictus desencajado de su padre, tendido en su jergón del primer piso, las manos estiradas sin tensión a los lados del cuerpo, la cabeza hundida en el almohadón que alguien le había doblado.

—Ya estoy aquí, padre —dijo sobreponiéndose a la impresión.

García Sánchez abrió los ojos y tras unos instantes de buscar en la nada consiguió centrar su mirada turbia en los de su hijo. Sus labios carnosos intentaron abrirse, pero sólo consiguieron titubear y farfullar algo parecido a un maullido. El joven Gonzalo pudo percibir el estremecimiento que corrió como una ola entre los que estaban a sus espaldas.

—Gonzalo... hijo... —pronunció al fin con meridiana claridad.
—Dime, padre —respondió, sentándose a su lado sobre el camastro al sentir el incontrolable temblequeo en sus piernas—. Estoy aquí, contigo. Respira hondo, tranquilízate.

García repitió sus palabras, y entonces todos advirtieron lo extraño de la parte izquierda del rostro, deformada como si una soga invisible la tensara hacia abajo, al igual que las velas de un barco. El joven Sánchez volvió la cabeza y lanzó una muda pregunta al posadero Mazuelo y su mujer, que presenciaban la escena lívidos como la cera.

—Mi esposa subió a media mañana, señor —explicó a media voz—, a airear las mantas, y no advirtió nada raro.
—Dormía plácidamente —apuntó ella, apurada.
—Después, no hace mucho, vine yo mismo, a ver si se había despertado para subirle algo de comer, y le encontré intentando levantarse. Llamé a mi esposa y le acomodamos como mejor pudimos,...
—“Llamad a mi hijo. Llamad a mi hijo” es lo único que le entendíamos —dijo ella.

El enfermo apretó la mano del chico y éste, con un aspaviento de su brazo, hizo callar al matrimonio.

—Dime, padre.

El hombre abrió desmesuradamente la boca y sus labios, en un esfuerzo baldío, se entreabrieron y entrecerraron sin emitir sonido alguno, al igual que un pez agonizante.

—Es preciso llamar a un médico —opinó Juan Peña.

García Sánchez se llevó una mano al pecho, golpeándoselo torpe y repetidamente.

—¿El pecho? —preguntó su hijo—. ¿Te duele el pecho?Le dolía, en efecto, y todos lo escucharon perfectamente cuando el hombre lo dijo. “Me duele... me duele...”. Y Simón Cantero secundó la opinión de Juan Peña, “Hay que llamar a un médico cuanto antes, ¿conocéis a alguno?”. El matrimonio se miró y él fue el portavoz: “Sí, cerca, al otro lado de la iglesia, en la calle de...” Las referencias despertaron una idea salvadora en la mente ofuscada de Gonzalo Sánchez.

—¡Nuño Calderón! —exclamó girándose hacia los presentes—. ¡Tenemos que llevarle sin demora a la casa de Nuño Calderón!
—¿El amigo de tu padre? — preguntó Simón.
—¡Sí! Él sabrá cómo atenderle y a qué médico llamar. Veamos —se levantó de un salto—, ¿cómo podemos transportarlo hasta allí?
—Sería mejor que antes de moverlo lo viera un médico —opinó Juan Peña—; si tiene dolor en el...
—¡No! En casa de Calderón lo podrán ver cuantos médicos sea menester. ¿Sabes la dirección? — preguntó al posadero.
—No.

El rostro del joven se contrajo en un acceso de cólera.

—¡Elías! —resolvió—. Tú vendrás conmigo para avisarle, para que vaya disponiéndolo todo. Simón, Juan, preparad unas parihuelas con lo que podáis, con un jergón, ¡con lo que podáis! Y llevadlo urgentemente, buscad si es preciso a los lanceros para que os ayuden, estarán comiendo en la posada en la que han pernoctado.
—¿Pero dónde demonios vive ese Calderón? —inquirió Simón, a quien la histérica actividad del joven le estaba irritando sobremanera.
—¿Quieres dejarme pensar? —estalló Gonzalo encarándose a su hombre de confianza—. ¡Tú, Elías! —le tomó de los cuellos del gabán—, tú irás conmigo y regresarás para guiarles —la idea de quedarse solo con Calderón le aterró. ¿De qué hablaría con personaje tan imponente?—. ¡No! ¿Dónde está el mozo del mesón, el que nos ha avisado?
—Estará abajo, señor —contestó el mesonero—, comiendo algo, sin duda; vive aquí al lado. Es un poco papón, pero buen chico. Yo lo empleo en...
—¡Él vendrá con nosotros y volverá para indicar el camino a mis hombres!

Besó la frente húmeda de su padre y partió escaleras abajo seguido de Elías.

Con dos órdenes bien dadas, Nuño Calderón lo dejó todo dispuesto para cuando su amigo García fuera conducido hasta allí. El viejo criado se encargó de acondicionar el propio dormitorio del señor, y otro más joven corrió en busca del cirujano que atendía a la familia desde hacía muchos años, un espigado y refinado toboseño que había sido discípulo en Toledo de afamados médicos judíos y musulmanes.
El hombre llegó antes que el paciente, con su loba negra vistiendo su alta figura, el maletín raído de cuero colgando de su mano y cara de haber sido interrumpido en plena comida. El dueño de la casa sirvió unas copas de vino en el salón, para hacer más amena la espera, y procuró dirigir las preguntas a Elías, a fin de no tener que escuchar la desagradable voz aflautada del joven Teza.

El criado, que aguardaba en el portal del caserón, anunció a gritos la llegada del séquito y condujo a sus componentes escaleras arriba. Poco después, el médico se encerraba con el enfermo y con el sirviente más joven en la alcoba. Una hora larga tardó su puerta en abrirse, y cuando lo hizo, todos aguardaron en silencio el diagnóstico.

—Gracias —dijo el galeno aceptando una nueva copa.

Bebió un sorbo y explicó que había realizado un completo examen al paciente, tomándole muestras de esputos y de orina —en este punto se disculpó por haber mojado las sábanas, ya que no había sido fácil obtener el líquido, a lo que Calderón quitó importancia con un enérgico ademán—, y que, tras un primer juicio, su impresión era que el paciente sufría una plétora de sangre en el pecho, a la altura del corazón, y que de ahí derivaban sus dolores. Entonces, sentándose en una de las sillas, justificó sus honorarios ofreciendo a los oyentes una clase gratuita del funcionamiento del corazón, de cómo por el cuerpo de cada uno corrían canales de dos clases diferentes, llamados los unos venas y los otros arterias, de cómo la sangre no circulaba libremente, sino que estaba sujeta a una especie de continuo vaivén, y de cómo también la sangre de venas y arterias era distinta pues obedecían a funciones distintas, albergando la de las primeras substancias nutritivas y la de las segundas espíritu vital, que era un compuesto de sangre y aire.

—¿Tiene bien el pulso? —preguntó Calderón, pretendiendo cortar el discurso.
—Hace tiempo que no tomo el pulso a mis pacientes —respondió educadamente el galeno—. Es una técnica anticuada y poco fiable —bebió un nuevo sorbo, tan corto como el anterior—. En cuanto al mal que le ha deformado la parte izquierda del rostro estimo que se debe a alguna comida copiosa rica en elementos propensos a obstruir los conductos alimenticios.
—¿Cómo vais a sanarlo? —espetó Gonzalo, impaciente.
—Esta misma noche le realizaré una sangría —anunció—, con el objeto de eliminar el humor excesivo que le produce el dolor de pecho. Dependiendo de su respuesta, mañana le realizaré una purga. Mientras tanto es menester que no coma nada, excepto tisanas, caldos y leche en la medida que luego os indicaré. Y del mismo modo un compuesto que yo mismo prepararé para ayudarle a sudar. Esto cuanto antes, por lo que será menester ir a comprar los ingredientes a la botica.
—Apuntadme qué se requiere e inmediatamente enviaré a mi sirviente —dijo Calderón.

Con un gesto el médico solicitó papel y pluma. Desplazándose hasta la mesita indicada por el dueño de la casa, escribió pulcramente cinco o seis líneas, las leyó atentamente y tendió el papel a Calderón.

—Decidle a vuestro criado que lo compre en la botica de Ulloa, ¿sabéis cuál es?
—Me temo que no.
—En la otra punta de la villa, junto al castillo. Hace esquina con una plazuela. No tiene pérdida.
—Así se lo diré —murmuró Nuño Calderón tomando el papel.
—Yo iré —dijo Simón Cantero avanzando hacia el anfitrión.
—¿Conocéis esa botica? —preguntó Nuño, extrañado.
—No, pero la encontraré sin problemas.
—¿Cuánto tardará en sanar mi padre?

El galeno suspiró, meditando la respuesta.

—No sabría adelantarlo ahora mismo. Puede que pasen tres, cuatro días, antes de que esté en condiciones de ponerse en camino. Por lo que antes me habéis dicho... —el portazo de Simón, al salir, le hizo cerrar por un instante los párpados—. Por lo que antes me habéis dicho estáis embarcados en un largo viaje. No sé... —entornó los ojos, calculando—. Me es imposible concretar una fecha. Vuestro padre quedará muy débil, y precisará de cuidados durante un tiempo. Todo dependerá de su fortaleza.
—Él es muy fuerte.
—Mucho me temo que vuestro viaje se va a ver seriamente interrumpido.
La expresión del joven Teza reveló la ansiedad que le invadía.
—¿Puedo verle?
—Lo mejor que podéis hacer por él ahora es mantenerle en silencio, no inquietarle. Os aconsejo que cuando regrese vuestro hombre os deis todos una vuelta por la villa y que os tranquilicéis. Vuestro padre precisará de... auras sosegadas a su alrededor —sonrió para sí mismo—. Aún quedan puestos que visitar en el mercado. No os aburriréis.

La botica era un local antiguo, amplio y descuidado. Al entrar en él, Simón Cantero elevó la vista hasta las baldas repletas de frascos y pequeñas vasijas polvorientas colocadas en la parte alta de las paredes y la paseó por ellas de un extremo a otro, como un gladiador que observa a los espectadores desde el centro del anfiteatro. La cortina de detrás del mostrador se hizo a un lado y apareció un hombre rechoncho de cabellos plateados cubiertos por un bonete que en su día tuvo que ser rojo. Saludó afablemente al cliente desconocido y leyó con ojos esforzados la nota que éste le alargó. Su dedo índice fue tachando imaginariamente, una a una, las líneas, hasta llegar a una en la que quedó suspendido en el aire. Se disculpó. Tenía esa hierba en su almacén, pero no elaborada como el médico pedía. Tendría que esperar alrededor de... ¿media hora? Tal vez un poco más. Sería más seguro. Se pondría a la tarea inmediatamente. “¿Dónde hay una taberna por aquí cerca?” “En el callejón de la derecha según salís. Hacia su mitad”.

Tomando la jarra de vino en sus grandes manos velludas, Simón caminó hasta el fondo de la taberna y tomó asiento en el extremo de una larga mesa vacía. De pronto parecía que todas las fatalidades del mundo caían sobre él. Había habido un momento, durante la perorata del matasanos en casa de Calderón, en que había sentido como si el mundo se estrechase de repente lanzando a los seres unos contra otros, condenándole a permanecer eternamente apretujado contra aquella media docena de hombres, oyendo sus palabras soeces, oliendo sus pestilencias. El recado, tarea propia de un criado, se convirtió de pronto en una vía de salvación, y no le importó asignársela voluntariamente. Sacudió la cabeza. La sentía a punto de estallar. No sabía si aquello que había explicado el galeno acerca de la sangre y de los conductos alimenticios era grave o no, pero lo que sí sabía era que García Sánchez estaba lo suficientemente mal como para no moverse de la cama en una semana. Precisamente ahora en que lo que él más necesitaba era echarse al camino, alejarse, cabalgar, cabalgar hasta llegar a tierra de nadie y allí poner fin a aquella obsesión que le abrasaba día y noche las entrañas. Extendió ante sí sus manos tensas. No se reconocía. Se sentía a merced de una fuerza incontenible. Por su mente alterada desfilaron los nombres y los rostros de aquellos a quienes un día, por diferentes motivos, había decidido quitar la vida; hombres que tuvieron la desgracia de cruzarse en su camino y a los que, tarde o temprano, les llegó la hora fijada por el Verdugo. También para Elías de Aldama la tenía establecida, pero jamás una espera se le había hecho tan insoportable. Y ahora, para más tormento, ¿hasta cuándo tendrían que permanecer en aquella maldita villa?, ¿cuántos días habrían de transcurrir antes de poder reanudar el viaje?

Su espalda se enderezó por sí sola. El aire se detuvo en sus pulmones mientras sus pupilas relampagueaban iluminadas por el súbito descubrimiento. Explotando las cualidades de su caballo, en dos días y medio, tal vez en dos, podría estar en Burgos. En otros dos estaría de vuelta en Orgaz, posiblemente antes de la recuperación de García Sánchez. La idea de poder estar con Clara en breves fechas le secó la boca. Con la mirada perdida en el vacío se llevó la jarra a los labios con movimiento de autómata.

En la soledad de la taberna la vio tal como la había visto aquella mañana lluviosa en la torre de Teza, pocos días después del fallecimiento de su esposo. La vio ante sí con su pañoleta empapada, su carita aterida, su figura menuda esperando en el patio a que el señor la recibiera para hacerle llegar sus peticiones. La vio —y sus labios se dilataron en una depravada sonrisa— aceptando su invitación de guarecerse en el granero y vio su mirada confusa al sentirse engañada y su expresión aterrada cuando, tras rebelarse como una gata, él la estrujó contra la pared y le puso las cosas claras. ¡Maldita! ¿acaso me tomas por un patán? Jamás amenazo en vano, y te juro que como me lo pongas difícil haré que te arrepientas de ello durante el resto de tus miserables días. Yo mismo me encargaré de que nadie te dé cobijo, de que nadie te emplee ni para recoger la mierda de las calles; te juro que comerás bazofias que asquearían hasta a los marranos. Mírame bien a los ojos y abre bien tus orejas, maldita puta: como oses soltar el más leve grito, como te atrevas a salir por esa puerta, haré que acabes tus días en las puterías más inmundas de Castilla, ésas adonde sólo acuden enfermos y degenerados, que te infestarán de pestilencias mientras te montan y que te contagiarán toda suerte de enfermedades. De vez en cuando me acercaré hasta tu granja para comprobar que todo marcha bien y cada vez que vaya quiero que tú me recibas con cariño, porque si no lo haces, quizás algún día, en cualquier mesón de camino, o en cualquier perdida aldea, se me pueda escapar que en una solitaria granja de cierto lugar habita una viudita aún joven y hermosa sin más compañía que sus gallinas y sus gatos. Una mujer así es una tentación para cualquier desalmado, pero no temas, yo velaré por ti... si tú te portas bien conmigo. ¡Y ya basta!, échate ahí y súbete la ropa.

Ajeno al trajinar del tabernero con sus barricas, Simón Cantero, el Verdugo, la vio trepar de espaldas por los sacos de trigo, tiritando, y al rememorar la imagen de sus piernas surgiendo a medida que ella se subía lenta, muy lentamente los faldones, experimentó una vigorosa erección. Deslizó la mano bajo el tabardo y se palpó el miembro a través de las ropas. Dejó escapar una bocanada de aire que le abrasó los labios, mientras el Simón de la mañana lluviosa se encaramaba al cuerpo tembloroso y Clara, la viuda reciente, soñaba que aquello no estaba sucediendo. Sus posteriores encuentros se desarrollaron de forma similar, él enloqueciendo de placer y ella fría y lejana. ¡Cómo le excitaba su hermetismo, su silencio! El tenerla a su merced, sumisa, rabiosa, muda,... Sin embargo —su gesto extasiado se descompuso en un rictus de furia—, con él, con aquél cuyo nombre no quería ni siquiera recordar, sería muy diferente. Con aquel malnacido los ojos que a él no le miraban se cerrarían colmados de gozo y la boca que no le hablaba gritaría como una perra en celo. Su mano se crispó en torno a la jarra. Las imágenes del sueño aparecieron en su cabeza al igual que hordas salvajes reventando tierra y cielos con sus alaridos. Atrapándole en una telaraña insalvable, la figura de Clara, Elías, la bisoñez de Gonzalo, el semblante demacrado de García Sánchez en las penumbras de la posada, la voz monótona del médico, el rostro rocoso de Nuño Calderón, llegaron y se mezclaron, se fundieron, hirvieron y amalgamaron en un torbellino de visiones, frases y gritos que le hicieron perder la cordura hasta que el experimento entró en ebullición y la fórmula mágica brotó suave, plácidamente, y Simón Cantero, cuya frente brillaba de sudor frío, recobró la paz, llenó de aire sus pulmones y sus ojos, al sonreír, fueron más que nunca ojos verdes de gato montés.

Cuando poco más tarde Simón Cantero, el Verdugo, cruzaba la villa de Orgaz en dirección a la casa de Nuño Calderón, había decidido firmemente asesinar a Elías aquella misma noche.
Desde el mismo instante en que, dos días antes de la partida de Burgos, descubrió su relación con Clara, había maquinado quitarle la vida en plena campaña, aprovechando cualquier batalla, cualquier escaramuza contra los moros. A un guerrero experimentado como él no le sería difícil elegir el momento idóneo. Nadie lo advertiría; Elías habría caído al igual que caen otros tantos en cada contienda. Nadie podría culparle de nada, García Sánchez nada sospecharía, y Clara sería de él, solamente de él para siempre.

Ahora, la providencia le ofrecía una oportunidad que no rechazaría. Elías no tendría el honor de morir en un campo de batalla a manos de un arma anónima. Moriría aquella misma noche, y lo último que vería serían sus ojos pegados a los suyos y las últimas palabras que oiría iban a hacer que se retorciera de dolor hasta el día del Juicio Final en los infiernos a los que pensaba mandarle.

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